lunes, 12 de julio de 2010

Era torpe, indiscreto y con una cierta ternura.

Sonrió sin saber por qué. Sabía que esa etapa estaba pasada, ya solo era un recuerdo bueno, nada más. Estaba tumbada en el sofá y con los pies para arriba escuchando música para el ordenador. Dentro de poco, sería su segunda ecografía, aunque el bebé ya tenía cuatro meses. Estaba buscando los nombres pero le seguía gustando el nombre de Alberto. Alberto que brilla por su nobleza, se le quedó marcada en la cabeza. Quería que no hiciese sufrir a nadie, quería... que fuese feliz ante todo y ese es lo que más le aterraba. Empezó a recodar su infancia.
Aquel día que su madre dijo "me marcho yo no aguanto más aquí, me agobias" chillando a su padre. Ella estaba debajo de la cama con su pato de peluche abrazándolo y esterando a que la tormenta terminase, pero después de la tormenta todo fue diferente. Su padre fue más humano, más tierno pero su mirada cambió, el brillo en sus ojos se había apagado. Pasó más de tres meses hablando entre monosílabos, su madre había dejado un vació difícil de llenar en esa casa de tres plantas. Donde tiempo atrás, era el sueño de una pareja nueva que no para de besarse y de sonreír. Pero con los años erosionó esa pasión y su amor. Y los gritos fueron los nuevos aliados de una relación con una hija recién nacida. Los años pasaron y los distanciaron.
Ella vivía en una familia perfecra traslas miradas de los demas. Ella se sentía sola.
Cuando su madre se marchó, fue la salvación para Sofía. Ya no estaría sin nadie que la comprendiese. El día que se fue su madre, apareció el padre que necesitaba.
Era torpe, indiscreto y con una cierta ternura que le hacía sonreír enseñando los dientes.
Sus mejores recuerdos eran junto a él y su abuela que les apoyó cuando Teresa, su madre, se fue.

Cogió el teléfono. Iba a romper la liturgia del silencio. Lo llamó, entre lágrimas le contó que iba a tener un hijo. Que el padre del niño era Roberto. Ella había cortado con él. Y él se marcho de la ciudad porque decía que no la podía ver, se le rompía el alma al verla, sin poder besarla. Ella no sabía dónde estaba y no quería buscarlo. Su padre colgó sin decir nada. Sofía se asustó, creía que estaba enfadado. Pero al rato, sonó el timbre. Abrió la puerta y ahí está David, su padre, y lo abrazó.

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