martes, 16 de noviembre de 2010

Así es la realidad.

-Tengo ganas de contarte una historia, que sea coherente, pero no sé por donde empezar. Más bien no sé como decirtelo. Las palabras no me salen cuando intento contar esa maldita historia. No es bonita,aunque lo parezca, y no termina muy bien que digamos. Así es la realidad.

Uno, dos, tres...

No hace mucho, máximo quince años. Para tí es mucho, para mi un tierno suspiro. Había una chica que se sonrojaba cada vez que aquel chico la miraba. Ella no le dirigía palabra alguna, no se atrevía.

Pero un día, el le sonrió, ella le devolvió la sonrisa. Empezaron a hablar. Poco a poco, pero día tras día, se conocieron. Se veían todos los días en el parque, allí imaginaban como un barco pirata llegaba a la ciudad y se reclutaban o simplemente como se podían enamorar sin sentir el dolor de la otra persona. Sus peculiares charlas pasaron a no ser solo en un parque, ya que estaban en su peculiar armonía.

Un día que llovía, ella salió de casa. Pensando que la lluvia no la tocaría, pero fallo. Las gotas intentaba meterse dentro de ella, necesitaban sentir su piel. Estaba cerca de la casa de el y pensó que le podría dejar un paraguas y ropa seca. La puerta del portal estaba abierta y entro. El vivía en un edificio construido en los años sesenta. Las escaleras que ella pisaba eran de madera y su pasamanos era metal, de color negro. Subía rápido, tenía ganas de verlo ya que hacía 3 días que no sabía nada de el. Le había dicho que tenía que terminar un trabajo para la universidad; estaba en el último curso de ingeniería de camino.

Llego al cuarto piso y petó en la puerta, tardaron tanto en abrir que ya estaba apunto de irse. Pero cuando la puerta se abrió, no era el, si no una chica en camiseta larga y calcetines. Pensó que había confundido y se iba a marchar pero apareció el.
-¿Qué ha pasado?
-Nada... solo quería decirte ... algo... pero ya da igual. Chao
-Pero si estás empapada. ¡Espera!

Ella salió corriendo mientras la tormenta empezaba a marcar el tiempo de aquella semana. No sabía lo que le pasaba, lo que sentía. Todas esas tardes con el, todo lo que sabía de el... Era extraño pero le gustaba. Mientras tanto seguía corriendo pero su voz la hizo parar en seco. Respiraba rápido y se salía vaho de la boca, se dio la vuelta y lo miró.
-Lo siento, no es nadie. No te tienes que preocupar.
-¿De que me voy a preocupar?¿Que esté una chica en tu casa medio desnuda? Si claro... Y mañana por la mañana te acompaño al médico ¿no? Es que por favor, yo preocupada por tí, por tu relaciones. Permíteme reírme.
-¿Acaso estas... celosa?
- Bueno primero que estoy preocupada, después celosa. ¿Que has bebido Daniel?
-Pues nada son tus reacciones: aparecer en mi casa y no decirme nada, salir corriendo, ponerte borde... Yo creo que...- El sonrió- Ella no es nada importante una chica que conocí ayer en un bar. Nos gustamos físicamente y ya. Así que tranquila.
-¿Como que tranquila? ¿Tú que crees, que me gustas?
Se miraron y se besaron.

Sin quererlo, igual como se habían conocido, empezaron a quererse. No tenían muy claro que cuando se estaban conociendo se comenzaban a gustar... Era una historia extraña pero era su historia.

- Sería bonico que la historia terminase así ¿no? Con un tierno final pero lo siento, cariño, la historia prosigue un ratito más, soló un poco más.

Ellos estaban bien, se complementaban. Los meses pasaron, y todo seguía como el día de la lluvia, el día que se miraron fijamente por primera vez. Se querían y para ellos era suficiente. Los domingos se los pasaban en pijama, escuchando jazz y viendo películas de todo tipo. Vivían en su pequeño faro donde nadie les podían hacer nada y cada día era diferente, donde los sueños flotaban en el ambiente como sus sonrisas, sus te quieros y sus caricias escondidas por aquel apartamento.
Pero un día todo cambió. Es así de cruel y de simple. Cuando Daniel supo lo que venía encima, se escapo. Un día, ella volvió de la universidad y el ya no estaba. Se había ido para siempre. No había dejado nada en aquel apartamento azucarado pero que en realidad ya no tenía ni un pizca de dulce. Dejo una nota que ponía: "No quiero que me busques, ni intentes saber de mi. Ya no existes para mi, ni tú ni el. Lo siento pero esto tiene que ser así, porque quiero que sea así"

- Pensarás, que habría pasado para que Daniel se fuese de ese modo tan brusto. Yo te lo diré. Apareciste tú.
- ¿Yo?
- Sí, tú. Porque cuando tu padre supo que ibas a nacer, se intento desaparecer pero no lo consiguió. Lo que llevo a hacer como si no nos hubiese conocido nunca. Lo ví muchos días y el nos vio a nosotros, caminando por la calle de nuestro primer beso o estando en ese parque donde iban a venir aquellos piratas...
Esos dos primeros años fueron difíciles. Yo estudiando, trabajando, cuidándote y viéndole a el. Cada vez que lo venía tenía ganas de llorar, chillar, reprocharle todo, y decirle que estaba mejor sin el pero nunca lo hice no fui capaz. Un día un amigo común me dijo que se iba de la ciudad, desde aquella nunca más lo he vuelto a ver.
Esto es lo que tenía escondido todos estos años, no me atrevía a contártelo pero ya está. Esto de alguna manera fueron tus comienzos y no te deben causar ningún daño porque es una historia de tantas.





domingo, 14 de noviembre de 2010

Esperanza

Las cosas pasan siempre por algo bueno. Eso es lo que intentaba pensar Sofía, después de volver con los pies doloridos y los ojos llorosos. Se tumbaba en la cama y se quedaba dormida, sin pensar. Porque eso es lo que más odiaba de todo,pero era lo que más hacía. Cada día la barriga le pesaba más. Se sentía sin identidad. Como una sombra que nadie ve.
Hacía tres semanas que había mudado, y no tenía nadie con quien hablar. La gente de su clase, no se acercaban a ella por dos razones. La primera por Alberto, la segunda porque el teatro era una de las dos únicas que le hacía disfrutar por completo, por eso lo cuidaba, y le salí también.
Vivir en el edificio de sus abuelos, le hacía rememorar demasiadas cosas bonitas, se daba cuenta de lo muchos que los quería y de tantísimos que les echaba de menos.

Lo único que le sacaba una sonrisa y la tranquilizaba era ir al Retiro. Ver a la gente en las barquitas e imaginarse sus vidas.

Un día, mientras tenía la mirada perdida un chico le dijo: - ¿me puedes decir porque tienes los ojos tan bonitos?